Exposición Rural 2017: cuando el campo se engalana

Arranca otra edición de la Rural de Palermo. Durante los próximos diez días (se extiende hasta el domingo 30) el corazón del campo latirá en la ciudad de Buenos Aires. Un rito anual que, desde hace 130 años, brinda a los porteños la oportunidad de recordar que los alimentos no crecen en los almacenes o en las góndolas de los supermercados, sino en el interior profundo.

Y para los del campo es la oportunidad de vestirse de fiesta para mostrarse en la ciudad, y remarcar un mensaje contundente: siempre ha sido, y lo sigue siendo, el sector más dinámico y competitivo de la economía. No solo provee de alimentos de calidad y a los precios más bajos del mundo a la sociedad, sino que juega un papel fundamental en la macroeconomía.

La mitad de lo que la Argentina exporta está compuesta por productos del agro y sus manufacturas. Esta es una contribución fundamental para mantener en orden los factores clave, como la balanza comercial, el tipo de cambio y el balance de pagos y las vapuleadas cuentas fiscales.

La competitividad de la producción agroindustrial es la base de ese flujo exportador. Para producir y embarcar productos por 50 mil millones de dólares, el agro solo importa 5 mil. Escapa a la problemática de otros importantes segmentos industriales, donde por cada dólar exportado hacen falta dos dólares de importaciones.

Incluso algunos rubros, que aparecen en los nomencladores en posiciones ajenas al sector, forman parte de las cadenas del interior. Por ejemplo, las exportaciones de biocombustibles, que alcanzan a 1.500 millones de dólares anuales, figuran en el rubro “manufacturas de origen industrial” cuando debieran engrosar el número de las “manufacturas de origen agropecuario”. El biodiésel es el eslabón final de la cadena sojera: se hace con el aceite que se extrae de esta proteo-oleaginosa. Incluso, el subproducto del biodiésel es la glicerina refinada, que tampoco figura en el casillero correcto y parte al mundo como producto industrial.

Todo esto nació cuando un puñado de pioneros, a mediados del siglo XIX, se embarcó en la enorme epopeya de las pampas. Dominado el territorio, se organizaron las colonias y las estancias. Llegaron nuestros antepasados más recientes, desde Italia, España, Inglaterra, Dinamarca, Rusia, Alemania, Suiza. Trajeron los arados y los toros fundadores de una nueva ganadería. Tarquino, Virtuoso y Niágara, los elegidos de los criadores, eternizados en la etiqueta del añoso whisky. Los toros de origen británico fecundaron la nueva ganadería, apuntando al extraordinario mercado que se abría en la Inglaterra de Dickens. La revolución industrial estaba llevando gente del campo a la ciudad. Mejoraban los ingresos, querían carne de la buena.
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La alfalfa, el alambrado y el molino. Los ferrocarriles y los frigoríficos, los puertos como el del Riachuelo, Rosario, Bahía Blanca. La Argentina ganó rápida y justificadamente la fama de producir la mejor carne del mundo. Al mismo tiempo, se convirtió en granero del mundo al arrancar el siglo XX. La ciudad de Buenos Aires se engalanaba con sus exquisitos edificios que, un siglo después, dieron espacio a los hoteles de lujo que albergan a rock stars, empresarios y personalidades de todo el mundo.

La Exposición Rural, antes en Retiro y luego en Palermo, fue siempre un punto de encuentro entre dos mundos que cada vez se alejaban más, cada vez se entendían menos. Recuerdo mis diálogos con Julio Nudler, uno de los grandes maestros del periodismo argentino, que rezumaba pluma y ética en cada artículo, cada vez que nos encontrábamos en Palermo. Provocador, le gustaba pararse en las antípodas. Pero nos sentábamos al pie de la estatua de don Eduardo Olivera, fundador de la Rural, y desgranábamos juntos nuestra admiración por aquellos pioneros. Reconocía que la Generación del 80 había logrado el único modelo exitoso en cien años de historia. Fue una revolución.
A fines del siglo XX, apareció la Segunda Revolución de las Pampas. No ya la conquista territorial, sino la tecnológica. Brotó la soja, con su paquete único de la siembra directa, la biotecnología, de la mano de una nueva generación de productores y profesionales del campo. El agro volvió a crecer a los borbotones, como un siglo antes, saliendo de un largo estancamiento.

Palermo, fiel a su tradición eminentemente ganadera, no fue el mejor espejo para mostrar la revolución agrícola. Sólo la presencia de la maquinaria agrícola, cada vez más grande y sofisticada, mostraba la punta del iceberg. Pero la presencia de los animales le dio siempre el tono rural, la presencia de un campo tan admirado como incomprendido. La batalla del 2008, con la famosa resolución 125 frenada en el Congreso, puso de nuevo al campo en la mira de todos. Desde entonces, pasó a ocupar otro lugar en la consideración colectiva. A pesar de que la venganza K generó una enorme descapitalización y significó un pie en la puerta giratoria de la revolución tecnológica. El campo venía creciendo a los saltos, desde mediados de los 90, y se estancó. La ciudad también pagó las consecuencias. El país se agotó, por inanición.

Ahora, que arranca una nueva Rural, el campo está mejor. La eliminación del cepo cambiario y la libertad de comercio permitieron recuperar la esperanza. Padece las inundaciones, los precios que ya no son lo que eran, remontar no es fácil. Pero se salió de lo peor: la tristeza.

Y eso es muy bueno: como decía el poeta, cuando el campo está triste, los pueblos se llenan de yuyos.